Sara apretaba los labios, sus puños cerrándose con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos.
No dudaba que, si no hubiera testigos en la sala, habría descargado toda su frustración golpeándome.
Sara se quedó inmóvil detrás de mí durante un buen rato, en silencio. No sabía qué pensaba, pero su postura mostraba que, al menos, se había calmado un poco. Finalmente, se sentó junto a mí frente al tocador, y nuestras miradas se encontraron en el espejo. En sus ojos no había rastro de la máscara