Me mostré tan tranquila que incluso Carlos parecía sorprendido.
Tal vez esperaba verme satisfecha o incluso asustada al verlo entrar, pero en lugar de eso, dejé el teléfono sobre la mesa con calma y le hice una pregunta totalmente irrelevante:
—¿Ahora también tienes acceso libre a mi apartamento?
Carlos quedó desconcertado por un momento. Su rostro endurecido delataba su frustración. Apretó los puños y, tratando de controlar su ira, respondió:
—Eres mi esposa. Tu casa es mi casa. ¿No es lo m