Fuera de la habitación del hospital, Teresa y Sara estaban de rodillas mientras David, furioso, les gritaba.
Un vaso de agua se estrelló contra el suelo, rompiéndose en pedazos.
A pesar de que su voz no era especialmente alta, cada palabra de David resonaba con una autoridad aplastante:
—¡Tú, ingrato! ¿Quieres que me muera de un coraje?
Carlos dio un paso al frente, intentando calmarlo.
—Papá, sé que Sara cometió errores, pero eso se debe a que la mimamos demasiado cuando era niña. Yo tambi