Las lágrimas caían descontroladas por mi rostro debido al humo. Carlos colocó su mano sobre mi cabeza y dijo:
—Me preocupas.
Dejó caer el cigarro al suelo y, mientras me sostenía, comenzó a besarme sin cuidado, como si estuviera tratando de calmar una ansiedad profunda. Sus manos temblaban mientras me abrazaba. Lo escuché murmurar, entre los besos que apenas me dejaban respirar:
—¿Podemos no divorciarnos, por favor?
Parecía un niño que había conseguido su juguete favorito y no quería soltarlo. No podía distinguir si las lágrimas que cubrían mi rostro eran mías o si provenían de los besos desordenados y desesperados que me daba. Su calidez y pasión me confundían; mi cuerpo alternaba entre el frío y el calor.
Mis labios temblaron mientras trataba de controlar mis impulsos de aferrarme a él. Finalmente, con frialdad, dije:
—Fue Sara quien me encerró.
Carlos se enderezó de golpe y me miró fijamente.
—¿Qué dijiste?
Sabía que había entendido perfectamente, pero que simplemente no qu