Las lágrimas caían descontroladas por mi rostro debido al humo. Carlos colocó su mano sobre mi cabeza y dijo:
—Me preocupas.
Dejó caer el cigarro al suelo y, mientras me sostenía, comenzó a besarme sin cuidado, como si estuviera tratando de calmar una ansiedad profunda. Sus manos temblaban mientras me abrazaba. Lo escuché murmurar, entre los besos que apenas me dejaban respirar:
—¿Podemos no divorciarnos, por favor?
Parecía un niño que había conseguido su juguete favorito y no quería soltarl