Me despedí de Ana y, mientras salía, estiré un poco el cuello de mi abrigo, avanzando con pasos vacilantes.
El conductor de Carlos se acercó corriendo para ayudarme; empujé la puerta trasera y entré.
El hombre estaba recostado, con los ojos cerrados, su manzana de Adán moviéndose inconscientemente.
Parecía tan cansado que ni siquiera reaccionó al saber que yo había llegado, durmiendo desprevenido.
—Señora, el señor tuvo varias reuniones hoy, tuvo que apresurarse para regresar a casa