Fruncí los labios y respondí.
—Carlos, si no me equivoco, ya te pedí el divorcio, así que ya no tienes derecho a controlarme. —Él respondió con una voz helada.
—¿Y quién tiene derecho si no yo? Pedir el divorcio en este momento, ¿quieres que mi papá muera de la preocupación? —Con un tono sarcástico, añadió—. ¿Crees que el título de señora de la familia Díaz es algo que puedes tomar y dejar a tu antojo? —Esbocé una sonrisa amarga.
—Es ridículo que menciones títulos ahora. Si no lo dices, pensa