En casa no había nadie. Subí a la habitación para cambiarme de ropa antes de ir a ver a Carlos.
Al abrir el clóset, vi que mi ropa estaba arrugada en un rincón en la parte inferior, mientras que toda la barra estaba ocupada por las prendas de Sara. Las pijamas de Carlos colgaban junto a su ropa.
En ese momento comprendí que hay heridas que no requieren golpes ni insultos para doler; basta con ver unas cuantas prendas bonitas ocupando el espacio que una vez fue tuyo. ¡Así de sencillo!
Reprimí