—No lo hice.
Le miré con lágrimas por caer.
—Ni siquiera sé tu contraseña.
Ana se mantuvo al margen y no dijo nada.
Lucía se apresuró a ayudarme.
—Fui yo, ¿qué pasa? La empresa la llevamos juntos, ¿acaso no puedo mirar los documentos?
Al oír estas palabras, Fernando se levantó de su asiento.
Parecía haber olvidado que Lucía conocía la contraseña del ordenador, y el pánico se reflejaba en su rostro.
—¿Viste algo?
—Eché un vistazo al informe mensual y me fui —Lucía respondió con indiferencia.
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