Alondra me esperaba con una larga sonrisa en la oficina. Sus ojitos brillaban, además, y parecían luceros fulgurando en la noche.
-¿Por qué tanta fiesta, amiga?-, acomodé mi abrigo y mi cartera en la percha que tenemos junto a la pared.
-A que no sabes quién me llamó-, me dijo con su carita pintada de rosa.
-Sabes que reprobé en mis exámenes para convertirme en adivina-, fui irónica, mientras prendía mi ordenador porque tenía que editar todas las fotos y videos que habíamos hecho el día a