Cuando desperté después de esa noche tan fantástica, mágica y esplendorosa, romántica y febril, a la vez, mi marido, ya se había ido. Yo seguía sudorosa, mi corazón hecho una fiesta, estremecida y con deseos de volver a estar entre los brazos de él y que no dejara, nunca, de besarme y abrazarme. Me levanté pensando en lo de temer un bebé con Rudolph. No estaba del todo convencida de lo que me había dicho Alondra. Si no se pudiera almacenar el semen ¿qué sentido tendría crear bancos para su co