Ese lunes, por la noche, al volver de la agencia, casi a la medianoche, encontré, al fin, a Rudolph. Estaba en la cabecera de la mesa, sorbiendo su café. Tenía su rostro tranquilo, apacible, dulce como siempre. Quería correr y besarlo, pero me contuve. Tenía que aparentar que aún estaba muy molesta con él.
-Tú nunca te habías comportado así-, le dije alzando mi naricita.
Rudolph no me contestó, solo me miró, dejó la taza, se levantó desinhibido, se me acercó y me dio un besote en la boca