Alondra regresó a la oficina el viernes por la tarde. Sonriente, feliz, otra vez con la carita coloreada de entusiasmo, siempre distendida y divertida, como si nada hubiera pasado. Yo estaba que me jalaba los pelos con tanto trabajo, que ni siquiera había dormido dos días en casa.
-Me alegra verte, otra vez, amiga-, le confesé.
-¿No te parece raro que un fantasma nos diga qué hacer?-, prendió ella su PC para empezar a editar las fotos que había hecho yo de un flamante astillero que abría su