El estruendo de sillas rechinando contra el suelo y risas infantiles resonó por toda la cocina cuando Adrián y Donkan terminaron sus platos. Sin esperar un segundo más, los niños saltaron de sus asientos y salieron disparados como pequeños torbellinos fuera del comedor.
—¡Vamos a empacar nuestras cosas! —gritó Adrián emocionado mientras arrastraba a Donkan de la mano.
—¡Yo me llevo mi espada de juguete por si hay dragones! —exclamó Donkan con la seriedad de un caballero en una misión sagrada.
—