Nunca pensé que el silencio pudiera hacer tanto ruido.
Después de que Adrián cerrara la puerta de la habitación, me quedé tumbada mirando al techo. No tenía ganas de llorar. Ya no.
Estaba agotada.
Mentalmente.
Físicamente.
Emocionalmente.
Apoyé una mano sobre mi barriga.
—Vamos a estar bien, pequeña…
Como respuesta, noté un pequeño movimiento.
Sonreí con tristeza.
—Eso es… sigue moviéndote.
Cerré los ojos intentando descansar.
No sé cuánto tiempo pasó.
Quizá media hora.
Quizá una.
Solo sé que u