Tropezó violentamente, medio arrodillado en el suelo.
Su rostro se volvió cada vez más feo, rebosante de unos anormales colores escarlata.
Sara, que se había caído al suelo, se levantó y se acercó a él encantadora y cariñosa.
—¿Te gusta Lorena? Olvídalo, es de mi hermano, más vale que te guste yo, ¡te daré lo que quieras! —dijo y fue a acariciar la frente de Juan.
Juan apartó la cabeza, disgustado, y trató de impedir que lo tocara, pero de pronto sintió que los brazos también le pesaban extraord