María López
—¿A esto lo llamas coche? —preguntó Carlos. Miró el volante como si fuera un juguete—. Estos son mis zapatos de andar por casa.
Me eché el pelo rubio tras las orejas. No pude evitar sonreír con sarcasmo.
—Dios... yo también quiero llamar a un Bentley mis zapatos de casa.
Una pequeña sonrisa asomó a sus labios.
—Anda, sube. Te llevaré.
Me detuve. Miré el coche y luego la calle.
—O... —dijo él, mirándome con esos ojos penetrantes—, ¿está tu marido cerca hoy?
Eso fue suficiente para ha