Diego Morales
La puerta se cerró de golpe detrás de mí, el sonido resonando como un disparo por toda la habitación vacía. Eché la llave de inmediato; el *clic* metálico del cerrojo al encajar me brindó la única sensación de seguridad que me quedaba. Ni siquiera lo pensé dos veces. Mi pecho subía y bajaba con demasiada rapidez, un ritmo irregular que me hacía doler las costillas, y mis manos ya temblaban con un estremecimiento que no podía suprimir.
Por un largo momento, me quedé allí de pie con