Las luces de neón de Tokio se extendían bajo la suite ejecutiva del rascacielos como una vasta y zumbante galaxia de vidrio y acero. Era media tarde, y el cielo exterior estaba pintado con tonos amoratados de lavanda y añil profundo. Dentro de la habitación, silenciosa y minimalista, el aire era fresco y olía levemente a té verde fresco y madera de cedro.
Me encontraba junto al ventanal de suelo a techo, mirando el flujo interminable de tráfico que se desplazaba por la autopista muy por debajo.