Danilo no esperó un segundo más y con premura comenzó a recorrer aquellos majestuosos pasillos de su nueva mansión, más que decidido a encontrar a la chica camarera de la que no recordaba el nombre, pero vaya que se le habían quedado casi de memoria los encantos que tenía.
Aquella búsqueda se volvió una especie de juego a las escondidillas en aquel enorme lugar del que Danilo no conocía el mínimo resquicio, bien podría perderse en aquel laberinto de pasillos y salones elegantes. Y pensar que a