Mundo de ficçãoIniciar sessãoCapítulo 2
Mara: Mis ojos seguían fijos en la pantalla de mi celular. En ella, el vídeo continuaba reproduciéndose y Stefan seguía embistiendo a aquella mujer. Lentamente las lágrimas empañaron mi visión ocular y, de paso, la visión que tenía de toda mi realidad. Por mucho tiempo pensé que él era el hombre ideal, incluso teníamos planes para casarnos en unos meses. Estuve muy equivocada, él me estaba engañando y no con cualquiera, sino con la mujer que me había reemplazado en mi propia empresa. Al final el vídeo terminó y mi mirada siguió fija en aquel chat, esperando quizás que la persona que me había enviado aquel asqueroso video me dijera que era una broma, que mi novio era el hombre ejemplar que creía. Pero no sucedió, aquel chat continuó sin enviar mensaje alguno, como queriendo respetar mi momento de absoluta tristeza. El discurso de Stefan en pantalla concluyó mientras las lágrimas rodaban por mi rostro. Me incorporé sin saber muy bien qué hacía, conduje a mi madre hasta su habitación y cuando estuvo bajo su edredón bajé a la planta de empleados. Toqué la puerta de Lety. La chica apareció con los ojos entrecerrados por la luz. Al parecer había estado durmiendo. —Señora, ¿se le ofrece algo? —Sí, Lety, me gustaría que te quedes con mi madre un par de horas. Necesito ir a un lugar. —Señora, pero es tarde… ¿quiere que llame a alguno de los choferes? —Descuida, solo… cuida de mi madre. La chica asintió mientras se ajustaba su camisón y salía de la habitación. Sin perder tiempo subí las escaleras de mármol hasta mi habitación, me puse un vestido verde que nunca me había puesto antes, me arreglé el cabello rubio con rapidez y me puse mi labial preferido. Tras colocarme unos tacones y ponerme el abrigo de piel que me había regalado Stefan para nuestro primer aniversario, me marché. No iba vestida para un evento como aquel, pero no me importaba demasiado. Iban a hablar de mí, me robaría la atención mediática, iba a regresar después de la muerte de mi padre, pero no para acudir al evento de moda, sino para exigirle una explicación a Stefan. Quería que me explicara por qué me había engañado de ese modo cuando lo único que había hecho era amarlo. La angustia me carcomía el pecho, me impedía pensar con claridad. Lo único en lo que podía pensar mientras conducía aquel Lamborghini blanco era en entrar a aquel lugar y confrontar a mi prometido por su traición. Tuve la suerte de que no había tráfico. En un cuarto de hora ya estaba en el estacionamiento. Fuera, un montón de periodistas comentaban lo que se transmitía en la enorme pantalla que habían instalado en frente. Bastó que uno me viera para que todos, sorprendidos, se voltearan con sus cámaras y flashes que me dejaron atolondrada. Fue en ese momento que me di cuenta de lo que estaba haciendo. Lo peor de todo es que ya era tarde, no había vuelta atrás. Estaba en la hermosa alfombra roja. Tomé un segundo para respirar, mirar al frente, alzar el mentón y caminar. Sabía que cada paso mío estaba siendo transmitido por todos lados, que incluso si sonreía o no, tendría importancia. Pero estaba perdonada, mi padre había muerto, aún tenía el perdón de actuar con frialdad ante la prensa. Ignoré todas las preguntas, incluso la del anfitrión que estiró la mano esperando que le diera mi invitación, y a su compañera, una rubia despampanante que le susurró algo al oído y los dos hicieron una reverencia ridícula hacia mí. Estando dentro, con el corazón aún martillando mi pecho y unas ganas inmensas de llorar y gritar, caminé hacia la zona VIP, pero Stefan no estaba ahí, sino a unos metros, conversando justamente con Ana Mar. Verlo tan feliz, tan relajado, tan lejano de aquel dolor que sentía dentro de mí, me entristeció aún más. Hice un amago para caminar hacia ellos, estaba furiosa, dolida, quería armarles un escándalo frente a todos. Pero de la nada una mano firme me sostuvo. Miré mi brazo e, instintivamente, ascendí hasta su dueño. La intensidad de los ojos que me observaban me dejó paralizada. Era Lucio Moriarty, el hermano de Stefan. —¿Qué haces? —le pregunté. —Lucio… ¿qué haces? —¿Salvarte de cometer el peor error de tu vida? No te aconsejo que hagas lo que creo que vas a hacer, señorita. Su tono de sarcasmo fue como una patada en el estómago. No me esperaba que dijera eso y menos con ese matiz de ironía. Era la primera frase que me decía y ya se había ganado mi odio. Fruncí el ceño sin entender. —Cómo sabes que… —abrí mucho los ojos al darme cuenta de lo evidente—. Fuiste tú. Tú me mandaste el vídeo. Él asintió antes de meter sus manos a los bolsillos de sus pantalones. Viéndolo de cerca me daba cuenta de que, a diferencia de Stefan, sus ojos eran verdes y su cabello de un castaño tirando a rubio. Tenía la mandíbula marcada que, junto a la nariz perfilada, le aportaban un atractivo difícil de pasar por alto. —¿Por qué lo hiciste? —pregunté—. Es tu hermano, ¿qué ganas con esto? Él miró a los lados temiendo ser escuchado y señaló el pasillo trasero al evento. Se alejó con andar relajado. Tras mirar por última vez a Stefan lo seguí. Se detuvo en un pasillo desierto, estaba recostado de la pared con aires relajados y continuaba con los pulgares de sus manos metidos en sus bolsillos. —Estoy esperando una respuesta a tu pregunta. Si no me respondes, te juro que me enfrentaré a Stefan y le diré que fuiste tú quien me envió el vídeo. —Te acabo de mostrar quién es verdaderamente Stefan, me merezco al menos un “Gracias”, ¿no? —En ningún momento te pedí que lo hicieras. Enarcó una ceja con una expresión de diversión. —¿Me dices que preferías no saber? ¡Venga ya! Tampoco puedes ser tan patética. En todo caso te mostré lo que nunca habrías descubierto por ti misma. Me crucé de brazos. Él tenía razón. Estando encerrada en casa todo el tiempo, era muy difícil que me hubiera enterado de la infidelidad de Stefan. —Mira, solo quiero saber por qué lo hiciste. Se encogió de hombros con indiferencia. Aquella conversación parecía importarle poco, dudaba incluso que algo, más allá de su propio ego, le importara poco. —¿Tan raro es que una persona se interese por el bienestar de otra? —preguntó. —En realidad lo raro es que una persona traicione a su propio hermano. Él sonrió con evidente incredulidad. —En mi mundo, traicionar a alguien como Stefan no es tan malo. Solo mírate, pareces devastada. No mereces algo así. Los ojos se me llenaron de lágrimas al escuchar sus palabras. Desvié la mirada hacia el suelo y me recosté en la pared también. —Tienes razón. Soy una estúpida. Se estaba riendo de mí en mis propias narices… Incluso nos íbamos a casar. Sentí sus ojos claros fijos en mi rostro. —¿Íbamos? No deberías hablar en pasado. Lo miré sin entender. —¿Qué quieres decir con eso? Por fin se sacó las manos de sus bolsillos. —Gracias a este seductor galán que tienes enfrente —subió y bajó las cejas en tono juguetón—, ahora tienes una ventaja sobre él. —¿De qué hablas? Sacó su celular, buscó algo en la pantalla y me mostró. Por un momento pensé que me mostraría otro vídeo de Stefan con Ana Mar, pero era un documento. —¿Recuerdas un fideicomiso que firmaste hace unos meses? Miré el documento sin entender. Con todo lo sucedido, primero con mi padre y después con las crisis de mi madre, había firmado un montón de documentos para la empresa. No recordaba en qué momento había firmado ese. —Pero… ¿qué quiere decir eso? Sus ojos verdes se posaron en los míos y lo que vi me dió una idea de lo que estaba a punto de decir. Por primera vez su rostro expresaba seriedad absoluta. —Quiere decir que le diste a Stefan libre albedrío en tu empresa. Actualmente sigues siendo la dueña pero el encargado de todo es él. No te conviene tenerlo de enemigo.






