169: Despedidas y bienvenidas.
Al llegar el nuevo día, muchos corazones se encuentran presos de la tristeza. Después del desayuno, Lavinia se acerca a su madre.
—Sé lo que tienes que decirme —murmura Atenea, desviando la mirada—. Y… Yo… Lo siento, hija, pero no puedo… No puedo irme de aquí.
Lavinia contiene el nudo en su garganta, asintiendo con los ojos llenos de lágrimas. Luego la abraza. No la culpa. Solo besa su coronilla.
—Tomate el tiempo que quieras, mami. Pero… Es muy probable que no pueda salir mucho de la torre, ¿p