Capítulo 9.
Los leños brillaban mientras eran consumidos por el devorador fuego de la chimenea, y en aquella lujosa habitación solo estaban ellos dos: Suter y ella.
Arrodillada frente a él, lo veneraba besando su magro abdomen, sentía el tacto de sus sólidos cuadriceps y sus esbeltas caderas mientras él le acariciaba el cabello.
—Entrégate, Emma —le rogó con la voz enronquecida por el deseo—. Entrégate toda. Confía.
—Sí —consintió ella.
Suter la tocó en la cara y con suavidad la instó a levantar la bar