Narrador.
Diego coloca una mano en la espalda baja de su mujer favorita, y con el sentimiento abrumador por saber lo que pasará en unos minutos, él la guía en la misma sala hasta el gran ventanal que los deja apreciar la hermosa ciudad de París.
Fabiola siente ganas de llorar por el simple hecho de estar allí, con él, después de todo lo que han pasado; después de todo el tiempo que lloró por él e incluso llegó a odiar.
Todo ese vacío, todas esas dudas, todo ese dolor, se ha ido con cada mirad