Llego al auditorio a las 7:28 de la mañana, aunque la competencia no empieza hasta las nueve. El cielo está pálido, indeciso, como si también estuviera esperando algo. Me detengo un momento afuera, con la mochila pesando sobre mi hombro y el estómago tenso por unos nervios que no quieren desaparecer. Me digo que está bien. Que llegar temprano es señal de preparación, no de miedo.
Dentro, el edificio ya está despierto.
Las voces rebotan en el vestíbulo, cargadas de café y ansiedad. Los estudiantes se agrupan en pequeños círculos, revisan notas, murmuran frases iniciales, ensayan argumentos en voz baja. El aire huele a papel, café y algo metálico —tal vez adrenalina. Busco mi nombre en la lista de finalistas pegada cerca de la entrada, aunque ya sé que está ahí.
Emma Rivera. Finalista.
Verlo escrito me aprieta el pecho.
Me siento cerca del fondo del auditorio y coloco la mochila con cuidado, como si cualquier movimiento brusco pudiera romper mi concentración. El escenario está listo: el