La lujosa mansión ubicada en la zona más exclusiva de la ciudad, que en el pasado simbolizaba el esplendor de Daniel Alistair, ahora se sentía como una fría prisión.
En su imponente despacho privado, Daniel permanecía sentado detrás de su escritorio.
Su respiración seguía siendo pesada, mientras una ira abrasadora le oprimía el pecho hasta lo más profundo de sus huesos.
Frente a él, Ronan permanecía de pie con el rostro abatido.
—Papá... los hombres del tío Devan llevan vigilando la entrada de