Capítulo 40. Una Confesión.

La voz era fácil de reconocer, gruesa, un poco ronca, clara y fría. Nina se detuvo en seco, sabía a quién pertenecía semejante tono, nada más que al Duque.

Se quedó paralizada, después de todo, sus palabras no fueron leves. Al instante se fue a las rodillas para pedir perdón y clemencia. Sabía que ella no sería la única que sería castigada por su impertinencia, pero su Duquesa también sufriría las consecuencias. No podía permitirlo.

―Perdóneme, milord.

Albert la miró,

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