En la habitación del hospital, Celeste se apoyaba muy débilmente en la cabecera de la cama, con una vía intravenosa colgando de su brazo. La luz de la mañana se desvanecía sobre su pálido rostro, con una belleza dolorosa.
—Celeste— Clara la llamó suavemente, con los ojos enrojecidos. Por un momento, no pudo reconocer a la mujer delgada y desgastada que estaba frente a ella, que solía ser su aprendiz despreocupada y muy radiante.
—Maestra— Celeste se quedó atónita por un instante y escondió la ma