De repente, una poderosa fuerza la agarró, atrayéndola como un remolino hacia la oscuridad.
Al instante, todo su cuerpo se estrelló contra un pecho robusto y familiar, que parecía más de metal que de carne y hueso. La respiración apresurada del hombre sopló sobre su cabeza, y el calor se extendió por todo su cuerpo.
Ese abrazo profundo y apasionado, extraño y familiar al mismo tiempo. Pertenecía no más que menos que a Alejandro.
Quizás, porque llevaba tacones altos, el hombre envolvió sus delgad