En la tranquila habitación de hospital, el aire se llenaba con la dulce respiración de la muchacha. Pol permanecía en la misma posición, sentado junto a su cama, velando por ella.
De repente, Clara giró en la cama y un suave gemido escapó de lo profundo de su garganta. Como una corriente eléctrica, un cosquilleo recorrió el pecho de Pol, su rostro se movió inquieto.
Durante tantos años, ya fuera en la Ciudad de México o en Austria, había sido abrumado por mujeres que ofrecían su cuerpo y encanto