Pol se quedó atónito por un momento y su corazón se apretó.
Clara tenía las mejillas moradas de la ira tan grande que sentía en aquel momento, clavando su mirada furiosa en los ojos oscuros de Alejandro. —¡Alejandro! ¿Cómo puedes ser tan desvergonzado y actuar como si tu comportamiento tuviese alguna justificación posible? ¡Suéltame... ¡No iré contigo, aunque me lo pidas de rodillas!
No importaba cuánto luchara y maldijera, para Alejandro, parecía que no había nadie más en este mundo que le impo