—¡Cierra esa boca sucia! Eres solo un pequeño asistente que mi padre solía contratar en el pasado. En este asunto, no tienes derecho a meter la cabeza. ¡Cállate! — La cara de Leona estaba llena de desprecio y frialdad.
—¡Ya basta! ¡La que debería callarse en realidad eres tú, esta mujer malvada y falsa! — Enrique golpeó con fuerza el escritorio, haciendo un gran estruendo. Leona se sobresaltó asustada y, de manera instintiva, tembló y gritó: —¡Papá!
—Has intentado hacerle daño repetidamente a mi