Clara, Alejandro y Rodrigo llegaron al patio de la vieja fábrica abandonada al mismo tiempo.
Cuando Rodrigo bajó del coche, su rostro de líneas bien definidas no mostraba ni un ápice de color, solo sus profundos ojos brillaban con un fuerte destello inquietante bajo la luz de los faros, como dos estrellas frías en la noche.
Él se frotó los ojos con fuerza, abrió sus labios agrietados y su voz sonaba muy ronca y casi fragmentada por completo, como un antiguo péndulo desgastado por el tiempo, a pu