—Osito, mi osito—murmuró.
En la asfixiante oscuridad, Noa se acurrucó con miedo contra la fría pared, temblando mientras abrazaba sus rodillas.
El hombre le había quitado su osito, como si le hubiera arrebatado su alma. Sin él, sentía que el mundo entero se desmoronaba en mil pedazos.
—Rodrigo, ¿dónde estás? Por favor, ven a rescatarme—su voz sonaba inusualmente solitaria y vacía en la habitación silenciosa.
De repente, todas las luces de la habitación se encendieron. La luz blanca brillante per