El apasionado latido del corazón de Clara aún no se calmaba. Preguntó con calma: —Entonces, ¿nunca intentaste buscar a esa chica después?
—Siempre la he estado buscando, pero ni siquiera sé su nombre ni su apariencia, no tengo por dónde empezar.
Alejandro sonrió irónicamente—Le puse un apodo, la llamé Palomita, ella me trajo una luz de esperanza. Y la razón por la cual pude regresar con vida del campo de batalla fue gracias a ella, ella me dio esa esperanza.
Los ojos de Clara se volvieron a hume