Daniela abrió los ojos de golpe: —¡Sebastián!
Desde un costado, escuchó la voz de Sebastián apretando con fuerza los dientes: —Estoy bien.
Daniela siguió muy cuidadosa el sonido y, en la oscuridad, vio a Sebastián apoyado en la cama, inmóvil. Rápidamente encendió la luz de la habitación.
Corrió directo hacia él para ayudarlo.
Sebastián, sin embargo, gruñó entre dientes: —¡No te muevas!
Daniela lo sostuvo con firmeza, sin atreverse a moverse ni un solo centímetro.
Esta situación ya la había vivid