Pero Ezequiel lo detuvo.
—¡Mocoso, detente ahí! ¡Tengo algo que decirte!
Mateo se detuvo, apoyándose con pereza contra el marco de la puerta.
Su expresión no era muy amable.
—¿Qué pasa?
—¿Por qué estás enojado? Si no fuera por mi astucia, ¿crees que podrías retener a Mariana por ti mismo? ¡Ni siquiera sabías cómo se veía su abuelo! ¡Qué buen esposo eres!
—No necesito que te metas en mis asuntos, ¡y tampoco quiero saber!— Mateo frunció el ceño, con frialdad en sus ojos.
—¡Bah! ¡Sigue fingiendo!