Anna
Cierro los ojos. Él disfruta en mí con un gemido ronco, y el orgasmo que me arranca me deja un sabor amargo en la garganta. Odio que mi cuerpo responda a su violencia, que mi placer se mezcle con mi odio.
Su último empuje me aplasta contra el escritorio y me hace gritar, ahogada por el placer vergonzoso que me obliga a sentir.
Se retira bruscamente, sin una palabra, como si solo hubiera sido un verdugo de paso. Me quedo allí, jadeante, desnuda, vulnerable, con el rostro vuelto hacia el su