Narra Alondra Ferreyra
Y ahí estaba de rodillas y arrastrándome en el suelo, rogándole y suplicándole amor y un perdón, al único hombre al que había amado en mi vida, a mi güero, a mi David de María. Pero nada parecía funcionar, él estaba como poseído, como fuera de sí mismo y no quería escucharme ni saber nada más de mí, siendo Carmen quién me levantó del piso, mis lágrimas no paraban y ya no sabía, más que hacer.
–Alondra, levántate hijita por favor. Te hará daño estar así – Carmen, me abrazó