Maya me miró por el rabillo del ojo, luego se encogió aún más, mirando hacia otro lado.
Infló las mejillas y entrecerró los ojos, justo antes de dejar que un ruido inconforme saliera de su garganta.
—Necesitamos hablar. —dijo, sin mirarme.
—Cierto. —Juro que intentaba no reírme, pero era difícil. —¿Sobre qué?
—Sobre… —Su cara se puso aún más roja. —sobre la caca.
—Está bien. Hablemos de caca. —Concordé fácilmente y me miró indignada cuando no pude contener la risa.
—Sé que me escuchaste haciend