Al instante siguiente, Rosalie no pudo resistir la tentación de coger la taza que tenía al lado y arrojársela a Cecilia. Su rostro estaba contorsionado y siniestro.
Rosalie gritó: “¡Está diciendo tonterías! ¡Está mintiendo! ¡Robó a nuestro hijo, Tristan! ¡No le crean! ¡Es una fulana! ¡Perra, estás intentando tenderme una trampa! ¡Vete al infierno!”
Rosalie estaba presa del pánico. Estaba dispuesta a guardar el secreto incluso a costa de perjudicar a su propia madre, pero alguien a quien siempre