—Pa... papá... ¿qué haces aquí?
María, incrédula ante la repentina aparición de Antonio, dejó caer el cuchillo del susto. Cambié mi expresión serena por una de angustia, con lágrimas en los ojos:
—Antonio, ¿por qué tardaste tanto? ¡Casi no volvemos a verte, tu hijo y yo!
Mi tono entre dolido y reprochador lo ablandó instantáneamente. Me desató las cuerdas y me abrazó fuertemente, como si hubiera recuperado un tesoro perdido:
—Perdóname por llegar tarde. No temas, siempre te protegeré.
Mientras s