—¡Ejem!— Antonio gruñó con satisfacción, y una corriente de placer recorrió rápidamente su espina dorsal.
Mi alma lo había cautivado completamente, y su deseo era incontrolable. Con fuerza, me sujetó por la cintura y penetró profundamente.
¡Crack! La puerta se abrió de repente.
Isabella entró en la habitación. Mis pestañas densas estaban manchadas de lágrimas, y la mezcla de venganza y placer me llevó al clímax. No pude evitar gemir.
Antonio se desplomó sobre mí, exhausto. Isabella se quedó para