Capítulo 02. La humillación
Al día siguiente, descubrí que mi marido había bloqueado todas las formas posibles de contacto. Pero yo necesitaba una explicación —él no podía bloquearme así, salir de mi vida sin darme la cara y explicarme cómo había terminado enredado con Karen.
El momento de furia había pasado. Ahora solo quería hablar con calma, entender qué estaba pasando. Seguía siendo mi marido. Me debía una explicación. No podía tirar nuestra historia a la basura sin más.
Nos conocimos cuando empezó a trabajar en la empresa de mi padre. Era un hombre amable, que tardó semanas en armarse de valor para invitarme a salir. La conexión entre nosotros fue inmediata. Era el comienzo de una historia de amor preciosa. Entre el noviazgo y el matrimonio pasaron apenas seis meses.
Poco después, mis padres murieron en un accidente de tráfico. Carlos estuvo a mi lado en todo momento, apoyándome y ayudándome con los trámites. En ese entonces, mi padre tenía una constructora, pero, como descubrí después, estaba llena de deudas. Karen había abandonado la universidad. Mi padre le había dejado una casa a ella y otra a mí, dentro de un condominio cerrado, donde fui a vivir con Carlos.
Karen no quería estudiar ni trabajar. Vendió su casa y se gastó el dinero en ropa de marca, viajes y hombres mayores y adinerados. Mi hermana no tenía juicio, y yo solo esperaba que algún día sentara cabeza.
Mientras tanto, Carlos y yo trabajábamos de día y de noche para pagar las deudas de la empresa y levantar el negocio. Después de cinco años, logramos cerrar nuevos contratos y el dinero por fin empezó a entrar.
Carlos era un hombre maravilloso, comprensivo, pero en los últimos años había empezado a insistir cada vez más en tener un hijo. Ese también era mi sueño, pero el embarazo nunca llegaba. Entre consultas médicas, reproches y frustraciones, nuestra relación se fue resquebrajando. Con cada prueba negativa, él se molestaba, se alejaba, me culpaba. Yo lo entendía como el estrés de la situación.
Creía que nuestro amor era más grande que todo eso, que el día en que la prueba diera positivo todo volvería a su lugar. Pero ahora ya no entendía nada.
Esperé la hora del almuerzo de mi marido. Carlos era un hombre de costumbres: almorzaba siempre en el mismo restaurante, a la misma hora, pidiendo el mismo plato. Lo vi salir de la oficina y entrar. Le horrorizaban los escándalos, así que no haría ninguna escena dentro de un restaurante lleno de gente. Yo solo quería que me explicara qué estaba pasando. Estaba tranquila.
Pero cuando lo vi, recordé cuánto lo amaba. No podía dejar que nuestro matrimonio terminara de esa manera.
—¿Qué haces aquí? —me preguntó, cortante, cuando me senté frente a él.
—Necesitamos hablar...
—No tenemos nada de qué hablar. Karen ya lo dijo todo.
—Carlos, eres mi marido. Tenemos una historia juntos...
—Isabella, nuestro matrimonio terminó cuando no pudiste darme un hijo. No puedo quedarme con una mujer estéril, incapaz de concebir.
Sus palabras dolieron como una bofetada.
—Pero estoy haciéndome estudios... —intenté defenderme, sin encontrar palabras para lo que me estaba diciendo.
—Sé que el problema no soy yo. Eres tú. Y además, mírate. Ya ni siquiera eres la misma mujer con la que me casé. Engordaste, te descuidaste, ya ni cocinas como antes —lo dijo con desprecio.
Las lágrimas me caían sin que pudiera contenerlas. Él decía todo eso en voz alta, y la gente a nuestro alrededor me miraba con lástima.
Carlos se levantó, molesto e impaciente, como si estuviera perdiendo el tiempo explicándome algo obvio.
—Supéralo, Isabella. Tengo derecho a ser feliz y a formar mi familia con Karen, en paz —dijo antes de irse.
Me levanté de la silla con enorme esfuerzo. Sentía el cuerpo flojo, entumecido. Volví a casa humillada, destrozada por dentro. Amaba a Carlos, y escuchar esas palabras de esa manera fue una crueldad.
Camila me aconsejó buscar una abogada, alguien que velara por mis intereses. Carlos me había prohibido la entrada a la empresa que había sido de mi padre y me había echado de mi propia casa, que estaba a mi nombre. Algo no cuadraba, pero mi cabeza no hacía más que repetir sus palabras. No podía pensar con claridad.
¿Cuánto tiempo llevaba ese affaire? ¿Carlos amaba a Karen? ¿Karen amaba a Carlos? Me negaba a creer que los dos se hubieran enamorado así, de la nada. Necesitaba saber más, y fui a buscar a la única persona que, estaba segura, me respondería con la verdad.
Fui a la florería de mi cuñada. En cuanto me vio, su rostro se tensó y extendió la mano para trabar la puerta. Antes de que pudiera hacerlo, puse el cuerpo en el hueco y le supliqué, con la voz a punto de quebrarse: "Ayúdame, solo me quedas tú."
Seguramente no esperaba mi visita y no me quería allí, pero me dejó entrar.
—¿Qué quieres, Isabella? —preguntó, un poco seca. Años de llevarnos bien, y de repente ya no era bienvenida.
—Quiero saber cuánto tiempo lleva Carlos con mi hermana. ¿Por qué ya nadie me atiende? ¿Qué está pasando?
Alice pareció dudar si responderme, pero al final habló.
—Si tanto quieres saber, Carlos llevó a Karen a casa de mi mamá hace más de un año. Por lo que sé, empezaron a hablar después de las peleas que tenían ustedes. Tú lo acusabas porque no podías quedar embarazada, te fuiste poniendo cada vez más exigente, reclamando por todo, y Carlos se acercó a Karen. Eso es lo que yo sé. En casa de mi mamá, a todos les encantó tu hermana —es una persona más liviana, no carga esa energía pesada que tienes tú. Carlos no lo había reconocido antes porque te tenía lástima y miedo de lo que pudieras hacer. Pero con el embarazo tuvo que tomar una posición y protegerse de ti, para que no le hagas daño a su familia.
Entonces el asunto llevaba más de un año. Todo el mundo lo sabía, y nadie tuvo la decencia de decirme nada.
—Yo nunca acusé a Carlos de nada. Era él quien se enojaba cada vez que la prueba daba negativo... —intenté defenderme, pero notaba en la mirada de mi cuñada que no me creía.
—Mira, Isabella, te tengo cariño, de verdad. Pero ahora lo mejor es que sigas con tu vida. Dale el divorcio a mi hermano cuanto antes. Él se merece ser feliz. Los últimos años fueron un infierno, y ahora está con alguien que de verdad lo merece. Lo siento mucho, pero lo mejor que puedes hacer es quitarte del camino.
La versión que me contaba Alice me era completamente ajena. Durante el último año, yo había hecho todo lo posible para mejorar el ambiente en casa: cocinaba lo que más le gustaba, no le reclamaba nada, intentaba ser comprensiva. Pero según lo que Alice creía, yo había convertido la vida de su hermano en un infierno. Un infierno del que mi hermana lo había rescatado siendo atenta y dándole un hijo.
Volví a casa. Ya no quería hablar con nadie, solo esconderme. ¿Sería posible que realmente hubiera hecho de su vida un infierno?