El sol comenzaba a esconderse detrás de las colinas cuando Taylor estacionó su camioneta negra frente al bar de madera, sencillo y rústico, a pocos kilómetros de la hacienda. Era el tipo de lugar donde los hombres se quitaban el sombrero al entrar, las cervezas siempre estaban heladas y el dueño ya conocía a los clientes por su nombre.
Adentro, Mauricio ya lo esperaba recargado en la barra, riendo de algún chiste que el viejo Charles, el dueño del bar, acababa de contar. Taylor entró resoplando