La reunión termina a las cinco y media.
El equipo del consorcio. El aparejador. Los dos técnicos. El encargado. Todos con sus agendas y sus compromisos de las seis en adelante. En quince minutos el edificio de la calle Embajadores se vacía de personas hasta quedar solo con lo que es: piedra del siglo XIX, polvo de obra en los rincones donde todavía no llegó la escoba, el olor específico de los edificios en rehabilitación que mezcla lo antiguo y lo nuevo sin que ninguno de los dos haya ganado de