El interior de la casa estaba cargado de un tenso silencio. La luz del amanecer se colaba por la ventana de la habitación, mientras Kara, sentada a los pies de la cama, miraba angustiada a su compañero. Darius, acostado, no dejaba de observar a ninguna de las dos mujeres más importantes de su vida, no sabía a cuál de las dos consolar primero, si a su mate o a su madre. Los hombros de Freya estaban caídos mientras sus ojos estaban fijos en los primeros rayos del sol.
—No entiendo, ¿qué salió mal