A.J.
El sonido de la puerta de la celda al cerrarse resuena en mi mente como el eco de una sentencia de la cual no quiero pensar en estos momentos. Estoy atrapado aquí, en este agujero y la realidad de mi situación me golpea con la misma fuerza que la fría pared de hormigón a mi espalda. La celda es pequeña, apenas lo suficiente para contenerme y al par de ratas que se han convertido en mis compañeras de infortunio. El aire es denso y húmedo, impregnado del hedor de la descomposición y el sudor