—¡Cálmate, por el amor de dios!—dijo su padre tomando las manos de sus hijo con fuerza y así arrancándolas del cuello de su camisa. Solo entonces John entro en razón y se vio a sí misma a punto de cometer una estupidez innecesaria— no digas estupideces.
—Bien—manifestó John desviando la mirada hacia un punto fijo en la habitación y ahí encontrar un poco de calma mientras trataba de controlar sus respiración y la ira que corría por sus venas— son estupideces papa, pero si vas a difamar a mi espos