Aiko se sentía abrumada.
Por lo visto, Hiroshi tenía su propio jet y su propio yate para llevarlos a una pequeña isla en mitad del océano.
Se estaba volviendo loca. Y se lo estaba pasando como nunca.
Habían pasado el día caminando por la arena, comiendo manjares del lugar y explorando el pequeño mercado de la isla. Había mucha humedad y hacía calor, pero el agua era maravillosa y transparente.
Él yacía sobre una tumbona, siguiendo con la mirada los movimientos de ella, que merodeaba sin rum