—Milo, detente — dijo Maddie al ver que el hombre la llevaba arrastras fuera del lugar, ya era de noche, pero las calles estaban llenas de gente disfrutando de las noche de Ibiza. Milo no podía con ese sentimiento, por lo que llevó a Madison por un callejón y ahí la arrinconó para besarla violentamente, ¿cómo hacía para no estar tan malditamente celoso? En especial porque su mujer era increíblemente preciosa, y lo que más llamaba su atención eran sus ojos, tan celestes y claros que hipnotizaba